Cuando pasaron frente al caserío, por la ventanilla del camión vio unas casitas en ruinas, algunos techos de palma pudriéndose en el suelo inundado, otras reconstruidas parcialmente, la escuela con sus mallas del cercado oxidadas y los pocos vidrios que quedaban en las ventanas, sucios y embarrados. La estructura metálica que fue levantada para instalar las antenas de telefonía e internet, apareció vestida de tristeza, telarañas, tierra y musgos. Las casas estaban rodeadas de malezas, hiervas, arbustos y basura. Del puesto de salud que conservaba a pedazos los emblemas protectores de la misión médica, salió un perro flaco, ya raquítico, dando la impresión de que entre sus órganos la piel era la protagonista porque mantenía organizados los huesos de su esqueleto, sin dejar que se desparramaran en el suelo.
Un cuadro desolador. Dos años antes,
reinaba la calma y la prosperidad, todas las viviendas estaban habitadas, el
inspector de policía era una figura de lujo que se quedaba frente a su oficina
o salía a visitar a las profesoras, a la enfermera y a la empleada del
teléfono. Aunque se habían presentado episodios de violencia, por homicidios
selectivos la gente se resignaba y se dedicaba a trabajar y a recrearse cuando
les quedaba tiempo.
Félix recordó que al salir de la casa
cuando se despidió tiernamente de su esposa y de sus hijos, compartieron una
bendición y se hicieron mutuas recomendaciones, con recíprocas manifestaciones
de amor, y las recomendaciones de tener cuidado ante la crítica situación de
alteraciones del orden público en la región.
El miedo estaba metido bajo su piel,
en su mirada, en su voz, en sus entrañas, porque los actores armados estaban
activos haciendo sus patrullajes y retenes con las mismas advertencias y amenazas
de siempre, que no se relacionaran con los del bando contrario y se abstuvieran
de prestarle colaboración e información a la fuerza pública. Que perseguían
ladrones, sapos, violadores, chismosos... Ese miedo estaba inmerso en la
mayoría de los vecinos, aunque sabían disimular y se llenaban de valor.
Para esta época, ya las amenazas no
eran el problema, porque rondaba la violencia y la muerte por las sabanas, las
riberas, el pie de monte y las bajas montañas. En esta zona roja los civiles se
habían convertido en carne de cañón. Años antes aparecieron los insurgentes que combatían a las fuerzas
regulares y planteaban un proyecto revolucionario con múltiples beneficios para
los campesinos. Luego pasaron otros grupos con discursos similares, y se
complicó la situación cuando otros guerreros llegaron a sindicar a muchos de
ser colaboradores de los primeros, y hubo desapariciones, desplazamiento masivo
y muerte para quienes querían ignorarlos.
Aún así, algunos ganaderos siguieron
haciendo esporádica presencia, para mantener algunas reses. Precisamente el día
anterior tres jinetes contratados por Félix, reunieron catorce toros y los
encerraron en el único corral que se mantenía en pie, aunque muchas varetas
estaban sueltas o caídas, que acomodaron de forma provisional amarrándolas con
alambre o pedazos de soga, recogiendo también las trancas dispersas para
colocarlas en la manga y en las puertas.
Esa mañana, el paisaje llanero estaba
espléndido, las aves muy activas y melodiosas, y la húmeda brisa batía las
plantas y los nidos de los arrendajos. Las cercas de la finca estaban
derrumbadas, los horcones desparramados con desordenadas y retorcidas cuerdas
de alambre de púas. Y el corral, ¡huy! El corral, a pesar de los arreglos era
una tembleca armazón de palos cubiertos de musgos, podridos por la intemperie y
golpeados por los animales.
El conductor cuadró el camión en
reversa, con la carrocería pegada a la manga de embarque, todo estaba acoplado para
que al arrear los animales no pudieran devolverse y sin saberlo quedaran dispuestos
para ser transportados. Fue relativamente fácil barajustar ese ganado, y
conforme a lo previsto fue rápida la operación.
De alguna de esas míseras casuchas
apareció el loquito Samuel en una destartalada moto, flaco, famélico, barbado,
sucio, ausente, sin emociones. Quizá estaba vivo por ser loco, porque sus
hermanos y el resto de la familia abandonaron la zona, después de ir perdiendo
varios de sus seres queridos asesinados por diferentes actores del conflicto.
El conductor se dispuso a arrancar el
vehículo, y el loquito Samuel pidió el favor de que lo llevara hasta el pueblo argumentando
que él se acomodaba en una parrilla exterior de la carrocería y accedieron a transportarlo con
las recomendaciones de que se agarrara bien; pero apenas el carro salió a la
carretera central, Samuel gritó: “esperen” y se bajó dirigiéndose hacia las
ruinas de la cerca. Lo vieron por los espejos retrovisores que estaba cerrando
el broche, y Félix que tenía en su órbita el peso de un campo abandonado, le
dijo al conductor: “Eso dele, deje ese hijueputa que lo que está es loco… Que
se va a poner a cerrar el broche, si las cercas están todas reventadas, ya no
tienen ni cercos ni alambre…”
Mientras tanto Samuel realizó la
tarea que el mismo se impuso, con la firme determinación de cerrar el broche
para demostrar que la finca si tenía dueños, porque esas cuerdas de alambre que
permiten abrir y cerrar una puerta en la cultura del llanero inspiran respeto,
señorío, tenencia y propiedad.
No le importó que el carro lo dejara,
volvió por su destartalada motocicleta y confiado en la seguridad de los corotos,
los saldos de inventario que había en la destruida finca, se fue para el
pueblo, a vender unos aguacates que llevaba en la mochila, con la tranquilidad
de que haber dejado “cerrao el broche”.



