domingo, 22 de marzo de 2026

EL BROCHE

 


Cuando pasaron frente al caserío, por la ventanilla del camión vio unas casitas en ruinas, algunos techos de palma pudriéndose en el suelo inundado, otras reconstruidas parcialmente, la escuela con sus mallas del cercado oxidadas y los pocos vidrios que quedaban en las ventanas, sucios y embarrados. La estructura metálica que fue levantada para instalar las antenas de telefonía e internet, apareció vestida de tristeza, telarañas, tierra y musgos. Las casas estaban rodeadas de malezas, hiervas, arbustos y basura. Del puesto de salud que conservaba a pedazos los emblemas protectores de la misión médica, salió un perro flaco, ya raquítico, dando la impresión de que entre sus órganos la piel era la protagonista porque mantenía organizados los huesos de su esqueleto, sin dejar que se desparramaran en el suelo.

Un cuadro desolador. Dos años antes, reinaba la calma y la prosperidad, todas las viviendas estaban habitadas, el inspector de policía era una figura de lujo que se quedaba frente a su oficina o salía a visitar a las profesoras, a la enfermera y a la empleada del teléfono. Aunque se habían presentado episodios de violencia, por homicidios selectivos la gente se resignaba y se dedicaba a trabajar y a recrearse cuando les quedaba tiempo.

Félix recordó que al salir de la casa cuando se despidió tiernamente de su esposa y de sus hijos, compartieron una bendición y se hicieron mutuas recomendaciones, con recíprocas manifestaciones de amor, y las recomendaciones de tener cuidado ante la crítica situación de alteraciones del orden público en la región.

El miedo estaba metido bajo su piel, en su mirada, en su voz, en sus entrañas, porque los actores armados estaban activos haciendo sus patrullajes y retenes con las mismas advertencias y amenazas de siempre, que no se relacionaran con los del bando contrario y se abstuvieran de prestarle colaboración e información a la fuerza pública. Que perseguían ladrones, sapos, violadores, chismosos... Ese miedo estaba inmerso en la mayoría de los vecinos, aunque sabían disimular y se llenaban de valor.

Para esta época, ya las amenazas no eran el problema, porque rondaba la violencia y la muerte por las sabanas, las riberas, el pie de monte y las bajas montañas. En esta zona roja los civiles se habían convertido en carne de cañón. Años antes aparecieron los  insurgentes que combatían a las fuerzas regulares y planteaban un proyecto revolucionario con múltiples beneficios para los campesinos. Luego pasaron otros grupos con discursos similares, y se complicó la situación cuando otros guerreros llegaron a sindicar a muchos de ser colaboradores de los primeros, y hubo desapariciones, desplazamiento masivo y muerte para quienes querían ignorarlos.

Aún así, algunos ganaderos siguieron haciendo esporádica presencia, para mantener algunas reses. Precisamente el día anterior tres jinetes contratados por Félix, reunieron catorce toros y los encerraron en el único corral que se mantenía en pie, aunque muchas varetas estaban sueltas o caídas, que acomodaron de forma provisional amarrándolas con alambre o pedazos de soga, recogiendo también las trancas dispersas para colocarlas en la manga y en las puertas.   

Esa mañana, el paisaje llanero estaba espléndido, las aves muy activas y melodiosas, y la húmeda brisa batía las plantas y los nidos de los arrendajos. Las cercas de la finca estaban derrumbadas, los horcones desparramados con desordenadas y retorcidas cuerdas de alambre de púas. Y el corral, ¡huy! El corral, a pesar de los arreglos era una tembleca armazón de palos cubiertos de musgos, podridos por la intemperie y golpeados por los animales.

El conductor cuadró el camión en reversa, con la carrocería pegada a la manga de embarque, todo estaba acoplado para que al arrear los animales no pudieran devolverse y sin saberlo quedaran dispuestos para ser transportados. Fue relativamente fácil barajustar ese ganado, y conforme a lo previsto fue rápida la operación.

De alguna de esas míseras casuchas apareció el loquito Samuel en una destartalada moto, flaco, famélico, barbado, sucio, ausente, sin emociones. Quizá estaba vivo por ser loco, porque sus hermanos y el resto de la familia abandonaron la zona, después de ir perdiendo varios de sus seres queridos asesinados por diferentes actores del conflicto.

El conductor se dispuso a arrancar el vehículo, y el loquito Samuel pidió el favor de que lo llevara hasta el pueblo argumentando que él se acomodaba en una parrilla exterior  de la carrocería y accedieron a transportarlo con las recomendaciones de que se agarrara bien; pero apenas el carro salió a la carretera central, Samuel gritó: “esperen” y se bajó dirigiéndose hacia las ruinas de la cerca. Lo vieron por los espejos retrovisores que estaba cerrando el broche, y Félix que tenía en su órbita el peso de un campo abandonado, le dijo al conductor: “Eso dele, deje ese hijueputa que lo que está es loco… Que se va a poner a cerrar el broche, si las cercas están todas reventadas, ya no tienen ni cercos ni alambre…”

Mientras tanto Samuel realizó la tarea que el mismo se impuso, con la firme determinación de cerrar el broche para demostrar que la finca si tenía dueños, porque esas cuerdas de alambre que permiten abrir y cerrar una puerta en la cultura del llanero inspiran respeto, señorío, tenencia y propiedad.

No le importó que el carro lo dejara, volvió por su destartalada motocicleta y confiado en la seguridad de los corotos, los saldos de inventario que había en la destruida finca, se fue para el pueblo, a vender unos aguacates que llevaba en la mochila, con la tranquilidad de que  haber dejado “cerrao el broche”.

TAN DISTINTOS

 

Nos vimos tan distintos ese día

que fue imposible conocernos

nos oímos tan distintos ese día

que no pudimos hallar nuestra voz en el recuerdo.

 

Iban nuestras vidas con rumbos divergentes

nuestros caminos se hallaban distantes y aislados,

sin mensajes, ni añoranzas atrayentes.

¿Cómo suponer un encuentro insospechado?

 

La equis se produjo en un plano solitario

en un lugar inhóspito y lejano,

entre arbustos sedientos y rocas polvorientas,

sin protocolos, ni manteles, un día incalculado.

 

Nos vimos tan distintos ese día, no pudimos conocernos.

Y entonces hubo ausencia de culpas y reclamos,

hubo sí,> una sonrisa, un abrazo y cruce de palabras

de nuevos amigos, recién relacionados.

 

Compartimos la vista de nubes y paisajes,

del aire perfumado compartimos un respiro;

hablamos de quehaceres, de las agendas personales,

y partimos en calma cada uno a su destino. 

 

Y ahora que hablamos de ese encuentro

sabemos que estuvimos, y surgen las cuestiones;

resulta extraño, inverosímil, un evento tan hermoso,

¿el amor renacería, entre risas y rubores?

 

Ese idilio tan hermoso, forma parte del pasado.

Nos vamos sin adiós, despedirnos no es un drama,

porque no sabemos en qué tiempo o en qué sitio,

para vernos nos sorprendan las nuevas coordenadas.

UN MISTERIO DE LA MATERNIDAD

 

Madre naturaleza, hoy admiro tu grandeza:

en tu seno germinó la semilla de la vida,

quizá el Big Bang fue una explosión de amor

y en tiempo prolongado de impetuosos movimientos

se organizó la masa, con estructuras y energía.

 

Muy puntual en nuestro entorno planetario

germinó la semilla, fecundó el amor de Dios;

fue la tierra escogida para ser la verde esfera

con insistencia y vocación materna,

se dieron los procesos de la creación.

 

En la biósfera aparecimos las especies

con la dinámica del principio y el final,

paraíso, madre tierra o Pachamama,

amamantas criaturas, fortaleces y alimentas

el complejo misterio de la maternidad.:

 

Habitando el único planeta que con vida se conoce

nos sentimos reyes con mucha vanidad;

con prepotencia, egoísmo y ambiciones sin medida

somos destellos pasajeros que viajamos…

efímero tiempo con ilusión de eternidad

 

Cuesta entender lo frágil que es nuestra existencia

que somos diminutos ante la infinita creación,

como una gota de rocío que se expone al sol ardiente

somos mortales, vulnerables, jamás imprescindibles

atados tan solo por los hilos del amor.